Durante décadas, la principal preocupación del sistema alimentario mundial fue la escasez. Hoy, sin embargo, empieza a surgir una nueva cuestión en el sector cerealista: ¿Qué ocurre cuando se produce más de lo que se consume?
Por Julia Álvarez García, periodista
La producción mundial de cereales continúa creciendo de forma sostenida, mientras que el consumo avanza a un ritmo más moderado. Según el International Grains Council (ICG), la producción podría alcanzar los 2.460 millones de toneladas en la campaña 2025/26, con unos stocks cercanos a los 631 millones de toneladas, reflejando la solidez de la oferta global.
Este crecimiento está impulsado, en gran medida, por los avances tecnológicos en el campo como la mejora genética, la agricultura de precisión o la optimización del uso de insumos que han permitido elevar los rendimientos en los principales países productores. “Las semillas, incluidas las transgénicas, han facilitado niveles de producción muy altos”, explica Mercedes Ruiz, directora de Aestivum, consultora especializada en mercados de cereal, quien señala casos como Brasil, donde la producción de maíz ha aumentado significativamente en los últimos años.
Sin embargo, el sector sigue condicionado por una elevada inestabilidad meteorológica, que dificulta hablar de una abundancia estructural y no de un fenómeno coyuntural. España fue un claro ejemplo de ello tras la sequía de 2023, que redujo la cosecha de cereal hasta 10,38 millones de toneladas y evidenció cómo el equilibrio entre oferta y demanda puede cambiar en muy poco tiempo.
“Ajustar la oferta y la demanda de forma continua es muy complicado en agricultura”, resume Mercedes, lo que explica por qué el mercado sigue moviéndose con cautela incluso en un contexto de mayor producción.
Aun así, si las cosechas siguen al alza, el problema deja de ser cuánto se produce y pasa a ser qué hacer con ese excedente, en un sistema que ya genera más de lo que el mercado puede absorber en determinadas campañas.
Ante este escenario al alza, el sector lleva varios años explorando nuevas vías para canalizar esa producción y buscar una mayor rentabilidad fuera del ámbito alimentario.
El cereal como fuente de energía
“Los biocombustibles son un polo de atracción para la superproducción en determinados momentos, señala José Luis Esteban, Country Manager en Olam Agri compañía internacional de comercio de materias primas agrícolas, en un contexto en el que, en países como Estados Unidos, cerca de un tercio de la cosecha de maíz se destina a la producción de etanol, consolidando esta industria como una salida relevante para el cereal.
En Europa, aunque más lentamente, la industria del bioetanol también ha ido ganando peso. En 2024, las plantas europeas produjeron más de 5,4 millones de toneladas, de las cuales cerca del 86 % se destinaron al sector energético, según datos de la asociación europea de productores de etanol renovable (ePURE), en un contexto en el que este combustible alcanza ya una reducción media de emisiones del 79 % frente a la gasolina, muy por encima del 49,6 % registrado en 2011.
Para José Ramón Freiré López, director general de la Asociación Española del Bioetanol, esta evolución está directamente ligada al desarrollo del propio sector: “Cuando produces bioetanol a partir de cereal no solo obtienes alcohol”, explica, “también generas otros productos industriales y aprovechas el CO₂ biogénico del proceso, lo que permite mejorar la eficiencia y reducir la huella de carbono.
El desarrollo del bioetanol depende en gran medida de las políticas energéticas de cada país. Francia es uno de los ejemplos más claros dentro de la Unión Europea, con incentivos fiscales y una red de estaciones de servicio adaptadas que han impulsado tanto el consumo como la producción, mientras que en España su expansión ha sido más limitada en un contexto en el que la prioridad se ha centrado en otras renovables como la solar o la eólica, traslada Freire.
Más allá de su papel como salida para el excedente, el uso energético del cereal reabre un debate de fondo sobre el equilibrio entre su destino alimentario y energético, especialmente en un escenario global donde persisten desigualdades en el acceso a los alimentos y el uso de cultivos para producir combustible sigue generando controversia, pese a su contribución a la descarbonización.
Si la tendencia actual se consolida, la cuestión podría cambiar de enfoque en los próximos años. “El debate pasará de cuánto se produce a qué hacer con ese volumen”, apuntan desde Olam Agri, en un contexto en el que el mercado ya es capaz de generar más cereal del que puede absorber en determinadas campañas.
En ese contexto, la energía, la industria o la bioeconomía aparecen como posibles salidas para parte de las cosechas de cereal, en un escenario en el que el foco empieza a cambiar: no tanto producir más, sino decidir qué hacer con lo que ya se produce. Si esas vías no crecen al mismo ritmo, el sistema podría entrar en una dinámica de excedentes recurrentes, con presión sobre los precios y un mercado cada vez más difícil de equilibrar.