El campo no entiende de discursos vacíos ni de promesas aplazadas. El campo vive de realidades. Y hoy, en la provincia de Ciudad Real, el sector vitivinícola se encuentra en un momento crucial en el que conviven la esperanza de una gran campaña con la incertidumbre de siempre: la climatología, los mercados y las decisiones políticas.
Este año, todo apunta —y lo decimos con la prudencia que nos da la experiencia— a que podríamos estar ante una cosecha excelente. Las condiciones climatológicas han sido, hasta la fecha, favorables. Las lluvias han llegado en tiempo y forma, el viñedo ha respondido con vigor y las expectativas de producción son altas, acompañadas además de una previsión de calidad muy notable. Es, sin duda, una buena noticia para un sector que lleva demasiado tiempo encadenando dificultades.
Pero en el campo, cuando todo parece ir bien, siempre aparece un factor que nos obliga a mirar al cielo con preocupación. En este momento, ese factor tiene nombre propio: las heladas. Las variedades más tempranas ya han comenzado a brotar, y eso nos sitúa en una situación de máxima vulnerabilidad. Una helada en estas fechas puede arruinar en cuestión de horas el trabajo de todo un año. Es, sin exagerar, el mayor temor de cualquier viticultor en estos días.
A esta incertidumbre climática se suma otra igual de preocupante: el agua. Desde ASAJA Ciudad Real exigimos, con total claridad, que se respeten las dotaciones hídricas para los agricultores. No hablamos de privilegios, hablamos de derechos y de supervivencia. El viñedo necesita estabilidad, planificación y garantías. No se puede pedir al agricultor que sea competitivo mientras se le recortan los recursos esenciales para producir.
Y, por si fuera poco, tenemos que hablar del mercado. Porque de poco sirve una gran cosecha si no hay salida para el producto o si los precios no cubren los costes. Llevamos meses con un mercado prácticamente paralizado, con operaciones mínimas y con precios claramente a la baja. Esta situación es insostenible. El sector necesita dinamismo, transparencia y equilibrio en la cadena de valor. No podemos seguir siendo el eslabón más débil.
Es imprescindible que se activen mecanismos que favorezcan la comercialización, que se refuercen las exportaciones y que se apueste decididamente por la valorización de nuestros vinos. Ciudad Real no solo produce cantidad, produce calidad. Y esa calidad tiene que ser reconocida y pagada.
El viticultor no pide milagros. Pide condiciones justas para trabajar: seguridad frente a riesgos climáticos, acceso garantizado al agua y un mercado que funcione. Si esas tres variables se alinean, el sector responderá como siempre ha hecho: con esfuerzo, profesionalidad y compromiso.
Estamos ante una campaña que puede marcar un punto de inflexión. Ojalá el clima respete el trabajo que ya está en marcha, ojalá las administraciones estén a la altura y ojalá el mercado despierte. Porque detrás de cada hectárea de viñedo hay familias, hay economía rural y hay futuro.
Y ese futuro no puede seguir dependiendo únicamente de la resistencia del agricultor.