IA. Inteligencia artificial. Dos siglas que hace apenas unos años parecían ajenas al campo y que hoy forman parte del paisaje cotidiano del sector agroalimentario. De manera discreta, casi invisible, la tecnología se ha ido infiltrando en cada eslabón de la cadena hortofrutícola: desde la planificación de una plantación hasta la logística que lleva el producto al lineal.
Por Julia Álvarez García, periodista
Lo que antes era una promesa experimental se ha convertido en una herramienta con capacidad real para condicionar cómo se produce, se vende y se consume. Hoy, el campo no solo produce alimentos. Produce datos. Pero este nuevo escenario también abre interrogantes clave para el sector: ¿la digitalización y el uso de herramientas basadas en inteligencia artificial están ayudando a ganar eficiencia y competitividad de forma equilibrada, o están ampliando la brecha entre quienes pueden acceder a estas tecnologías y quienes quedan al margen?
¿Quién controla los datos que genera el propio agricultor? ¿y hasta qué punto ese control puede influir en el equilibrio del mercado e incluso en las decisiones del consumidor final?
En un contexto en el que la inteligencia artificial empieza a influir no solo en cómo se produce, sino también en cómo se comercializa y se consume, el control del dato se perfila como un nuevo factor de poder.Según el último informe sobre la transformación digital en España elaborado por el Ministerio de Agricultura, cerca del 90 % de los profesionales del sector recoge algún tipo de información de sus parcelas, ya sea sobre rendimientos, estado del cultivo, condiciones climáticas o tratamientos aplicados.Y es que la adopción de estas tecnologías va de la mano de una creciente necesidad de incorporarlas. No se trata solo del relevo generacional, la incertidumbre climática o la burocracia: hablamos de competitividad. Ángela Ribeiro Seijas, Profesora catedrática del departamento de investigación del CSIC (CAR), comenta que “la adopción de estas tecnologías, especialmente de la IA, ha sido progresiva porque existen una serie de factores que estimulan o que obligan a su incorporación”.Cada herramienta tecnológica que encontramos hoy presente en el sector genera enormes cantidades de datos que, interrelacionadas entre sí, requieren del uso de la IA para su análisis y gestión. Así, el campo se convierte en un sistema cada vez “más dependiente de la tecnología”, afirman desde el CSIC.
En este contexto, surge una pregunta crítica: ¿la digitalización otorga más autonomía a los productores o está generando nuevas dependencias respecto a proveedores tecnológicos externos?
“El problema surge cuando mejorar tu gestión depende de tener que desembolsar por acceder a los datos; si el acceso fuera igual para todos, cualquiera podría optimizar su explotación con la información disponible. Pero los datos, dependiendo de cómo se recojan, pueden generar decisiones sesgadas, por lo que su regulación debe contemplarse desde el principio”.Más allá del coste económico, la investigadora subraya otro riesgo menos visible: que los datos acaben induciendo errores o favoreciendo a determinados actores del sistema. “Todo esto requiere políticas públicas que regulen la actividad de las empresas AgriTech e incorporen estas cuestiones desde las primeras fases del desarrollo tecnológico”, añade.Pero en la práctica hoy en día la gestión de esta avalancha de información sigue siendo un reto en el campo. Desde el Grupo AN, Raquel Sesma Liñán directora de Frutas y Hortalizas explica que, aunque los agricultores generan enormes volúmenes de datos, “el proceso de gestión es muy lento. La implantación de regulaciones avanza despacio, y nos encontramos con agricultores que se preguntan: “¿Por qué voy a implantar esta tecnología si luego no voy a saber gestionarla?”.A esta dificultad operativa se suma una cuestión menos visible, pero igualmente relevante: quién interpreta esos datos y con qué criterios. Y es que cuando el volumen de información supera la capacidad real de gestión del agricultor, la toma de decisiones tiende a desplazarse hacia herramientas y plataformas externas.Osvald Doladé fruticultor de la zona de Lleida (Cataluña), pone el acento en otro de los riesgos asociados a esta digitalización acelerada: la dependencia. “Existe un exceso de datos que tenemos que aprender a gestionar y actualmente no tenemos ese nivel. De ahí que dependamos de plataformas de gestión de datos. Esta acumulación genera dependencia y hace que los jóvenes que se incorporan al sector no desarrollen criterio propio ni conocimiento de las leyes de la naturaleza, sino que acaben fiándose de datos que, en muchos casos, pueden estar sesgados”, advierte. “Nos estamos empachando de inteligencia artificial y olvidando la esencia de la naturaleza”.
¿Cómo de lejos estamos realmente de un campo totalmente automatizado? y ¿Puede la tecnología sustituir por completo la experiencia y el criterio del agricultor?
Desde el ámbito tecnológico, incluso las empresas que desarrollan soluciones basadas en inteligencia artificial rebajan cualquier discurso de automatización total. Hexafarms, especializada en planificación y seguimiento de cultivos mediante IA, reconoce que el escenario de una agricultura plenamente autónoma sigue lejos. “Todavía estamos lejos de un invernadero o una finca donde todo sea 100% automático. El agricultor continúa en el centro del proceso y utiliza estas herramientas como apoyo para reducir carga de trabajo y disponer de información más fiable en la toma de decisiones”, explica Ricardo Heilbron Fernández, Chief of staff en Hexafarms.“En la práctica, la tecnología todavía necesita desplegarse de forma progresiva y con sentido económico, trabajando codo a codo con el productor para que las soluciones aporten valor real y sean viables en el día a día de la explotación”, señalan desde Hexafarms. Ese proceso de adopción gradual ya está teniendo efectos visibles en el campo. Más allá de la operativa diaria, la inteligencia artificial empieza a transformar el perfil del productor. Así lo observa María Llorens Aguilera, Senior Business Developer de AIgro Tech Solutions, empresa especializada en soluciones de IA aplicadas a la agricultura. “Hoy vemos agricultores más formados, más curiosos y más exigentes con los datos”, explica.Lejos de sustituir el conocimiento acumulado, añade, la tecnología está reforzando el criterio humano. “La experiencia sigue siendo clave. Un agricultor con buen ojo, apoyado por herramientas digitales, toma decisiones más precisas y estratégicas que cualquier máquina por sí sola”.Eso sí, el reto de fondo, coinciden las distintas voces del sector, no pasa por elegir entre tecnología o experiencia, sino por encontrar un equilibrio que permita aprovechar el potencial de la inteligencia artificial sin vaciar de contenido el papel del agricultor.Como advierte Osvald Doladé, fruticultor, “la clave está en partir de la premisa de que tanto la IA como la experiencia del productor serán imprescindibles; no asumir que cuando exista una inteligencia artificial muy avanzada, el agricultor o el empresario quedarán sin margen de decisión”.En este sentido, la autonomía del productor todavía encuentra límites prácticos. Desde la cooperativa AN explican que “el problema no es que la tecnología aporte eficiencia, sino que muchas veces lo hace imponiendo su propia lógica. Cuando los sistemas son rígidos, condicionan las decisiones del productor: un robot puede cosechar, pero solo de una determinada manera, sin posibilidad de adaptarse a la realidad del campo. El resultado es una pérdida de flexibilidad que se traduce en productos no recolectados y desperdicio innecesario”.Cuando esa rigidez se acumula, el problema deja de ser únicamente agronómico y pasa a tener una dimensión logística y comercial. Los desajustes entre lo que se produce y lo que finalmente puede colocarse en el mercado acaban impactando directamente en el canal de distribución, generando pérdidas que, en muchos casos, serían evitables.
El poder de los datos la cadena de distribución
Es en este eslabón donde el desperdicio alimentario se hace más visible. Según los datos disponibles por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación de España, el desperdicio alimentario en el canal de distribución representa en torno al 0,52 % del volumen total de alimentos adquiridos, Una cifra que no responde tanto a fallos puntuales como a problemas estructurales de gestión de la información: —previsión de la demanda, control de fechas, rotación de producto y toma de decisiones en tiempo real y que explica por qué la inteligencia artificial empieza a jugar aquí un papel clave.“Las cadenas de distribución alimentaria ya emplean modelos de inteligencia artificial para anticipar la demanda, optimizar la logística y reducir mermas. Gracias al uso de Big Data y analítica avanzada, es posible ajustar en tiempo real decisiones sobre surtido, transporte y almacenamiento, minimizando desperdicios y mejorando la resiliencia del sector”, explica Felipe Medina Martín, secretario general técnico de ASEDAS. “Estas herramientas no solo permiten reducir costes y reforzar la trazabilidad, sino también conocer mejor al consumidor y adaptar la oferta a sus necesidades”.Sin embargo, el acceso a estas tecnologías no es homogéneo. La implantación de algoritmos predictivos y sistemas automatizados exige inversiones relevantes que no todos los operadores pueden asumir, lo que abre la puerta a una brecha tecnológica y comercial entre quienes cuentan con mayor capacidad financiera y quienes quedan rezagados.En la gran distribución, además, la inteligencia artificial no se limita a acompañar las preferencias del consumidor, sino que empieza a influir activamente en ellas, condicionando qué productos llegan al lineal, en qué cantidades y en qué momentos. Una capacidad de decisión que refuerza el papel estratégico del dato en la configuración del mercado.Desde ASEDAS advierten de este riesgo: “Evitar que la digitalización genere una brecha tecnológica y comercial es uno de los grandes retos del sector, enmarcado en la triple transformación —digital, medioambiental y profesional—. De aquí a 2030 serán necesarias fuertes inversiones en digitalización para que el comercio de la Unión Europea no se quede atrás respecto a otras regiones, y estas deberán incluir un apoyo específico a las pymes. En este sentido, debemos aplicar unas reglas que fomenten la transparencia y la confianza en la tecnología”.
Quién controla los datos controla el sistema
Frente a este escenario, desde el ámbito científico advierten de que el verdadero debate no es tanto tecnológico como de gobernanza del dato. Ángela Ribeiro Seijas, del CSIC, señala que “hay empresas que pueden utilizar los datos como negocio y como herramienta de presión. El problema es la dependencia que se genera cuando el acceso a la información queda en manos de unos pocos actores”.En este sentido, subrayan la necesidad de comenzar desde ya a regular la capacidad de las empresas privadas para acaparar y explotar estos datos. “La Unión Europea ya ha dado algunos pasos para evitar situaciones de oligopolio digital, pero es clave reforzar ese marco regulatorio”, apunta Ribeiro. Bien dirigida, añade, “la digitalización puede convertirse en una oportunidad para equilibrar posiciones entre pequeños y grandes productores, y no en un nuevo factor de desigualdad”.Desde las cooperativas, el enfoque es más pragmático: la adopción de herramientas digitales y de inteligencia artificial no responde a una carrera tecnológica, sino a necesidades concretas de cada explotación. “Cada productor incorpora estas soluciones en función de su realidad, de su tamaño y de los problemas que necesita resolver”, explican.
¿Qué soluciones plantea el sector?
Para que la inteligencia artificial cumpla su promesa en el agro, esta solo aportará valor cuando refuerce el criterio humano sin sustituirlo por completo. Es imprescindible invertir en formación, garantizar el acceso equitativo a los datos mediante herramientas digitales de código abierto y avanzar en marcos regulatorios claros. Solo así, entendiendo la IA como una herramienta de apoyo y no como un sustituto, se convertirá en una aliada del campo, sin perder de vista que el conocimiento, la experiencia y la capacidad de decisión siguen estando en manos de las personas.
Puedes ver el artículo completo en la revista la ED.28 de ECA FRUITS
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