Durante décadas, el vino ha sido mucho más que una bebida: un símbolo cultural, un pilar económico del medio rural y una marca país. Pero el consumo de vino en España atraviesa hoy una caída preocupante: esa copa se sirve cada vez menos.
Por Julia Álvarez García, periodista
Es especialmente entre los jóvenes adultos, donde el consumo ha entrado en números rojos. El sector vitivinícola prende las alarmas: ¿estamos ante un cambio de era o ante una desconexión reversible?
Según los últimos estudios, un 53,6 % de los jóvenes entre 18 y 30 años ha reducido su consumo de alcohol, y solo un 23 % de los jóvenes de entre 16 y 24 años consume vino de forma habitual. En contraste, un 65 % prefiere la cerveza: una bebida más accesible, menos ritualizada y más asociada a contextos informales.
Este cambio responde, en parte, al auge de los estilos de vida saludables, al crecimiento del mercado de bebidas sin alcohol, y a la percepción del vino como un producto asociado a generaciones anteriores o a un consumo elitista.
Este viraje cultural —acentuado por tendencias como el dry January o la tendencia sober lifestyle, no solo plantea un reto en términos de ventas, sino también de identidad sectorial. El consumo de vino en España se encuentra en un punto de inflexión: entre la necesidad de adaptarse a nuevas narrativas de consumo y el riesgo de verse marginado por sectores más dinámicos del mercado.
Más allá del cambio cultural, las implicaciones económicas son evidentes.
Datos recientes de la OIVE y AFI apuntan que España concentra el 13 % del viñedo mundial (924.000 ha) y genera 22.300 M € de VAB, con casi 200.935 empleos directos en la cadena del vino. Sin embargo, hoy el consumo entre jóvenes adultos ya registra niveles preocupantes. Además, la crisis arancelaria provocada por EE. UU. —que causó una caída del 20,8 % en las exportaciones en abril— añade presión a un sector altamente dependiente del mercado exterior
A ello se suma un contexto de políticas sanitarias cada vez más restrictivas, que limitan la capacidad de promoción y vinculación del producto con valores positivos, incluso cuando se consume con moderación. Desde el sector vitivinícola se insiste en que “no se trata de fomentar un consumo indiscriminado, sino de comunicar el valor del vino como parte de un estilo de vida equilibrado.”, afirma Fernando Ezquerro presidente de (OIVE).
Estudios como los del Instituto Nacional de Salud de EE. UU. respaldan que el consumo moderado de vino, dentro de una dieta saludable y con actividad física regular, puede tener beneficios cardiovasculares.
El futuro del sector pasa por abrir un nuevo relato. Apostar por formatos más flexibles de consumo, introducir gamas más accesibles para públicos jóvenes, explorar vías de desestacionalización y digitalización comercial, y comunicar con claridad los valores del vino: territorio, sostenibilidad, cultura, salud y cohesión rural.