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El sector hortícola español replantea su futuro de la mano de las energías renovables

El avance de las energías renovables está transformando el modelo productivo hortícola, en un contexto de creciente presión sobre los costes energéticos. Sin embargo, la dependencia de los combustibles fósiles sigue marcando la rentabilidad y el futuro del sector.

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Si algo ha quedado claro en los pocos meses que llevamos de año es que si un sector tenía que salir beneficiado ante los incesantes cambios geopolíticos eran las energías renovables.

La energía, especialmente en el sector hortícola español, ha pasado de ser un coste asumido a convertirse en un factor que condiciona directamente la rentabilidad. En ese escenario, las energías renovables han dejado de ser una opción a largo plazo para convertirse en una herramienta inmediata. No yéndonos más lejos del 2025, según los datos de Red Eléctrica de España, más del 55 % de la electricidad generada procedía de fuentes renovables, impulsadas en gran medida por la solar fotovoltaica. Solo ese año se incorporaron cerca de 10 GW de nueva potencia, consolidando el papel de esta tecnología dentro del mix energético y trasladando esa transformación al entorno rural.

La expansión de las renovables ha tenido lugar, en gran medida, en territorios rurales, donde la disponibilidad de suelo y la elevada radiación solar han convertido el campo en uno de los principales escenarios de la transición energética. Y dentro de ese proceso, el regadío se ha posicionado como uno de los mayores consumidores de energía en la agricultura, eso sí, no tanto por innovación sino por necesidad.

¿Cómo ha evolucionado el papel de las energías renovables en el sector hortícola español?

La creciente volatilidad de los precios energéticos, junto con las exigencias regulatorias europeas en materia de sostenibilidad como el Pacto Verde Europeo y la Estrategia De la Granja a la Mesa como ejes principales, han acelerado la incorporación de soluciones renovables en las explotaciones hortícolas. En este contexto, España siempre ha partido de ventajas gracias a sus condiciones climáticas, que nos han situado en una posición estratégica para liderar esta transformación a nivel europeo.

Sin embargo, este proceso tiene un recorrido más largo de lo que podría parecer. Fue a partir de las décadas de los 70 y 80 cuando comenzaron a darse los primeros pasos en el desarrollo de energías renovables en España, impulsados por una mayor conciencia ambiental y la necesidad de buscar alternativas a los combustibles fósiles. En el ámbito hortícola, uno de los hitos iniciales se sitúa en Almería, donde en 1981 se instaló una de las primeras plataformas solares vinculadas a la producción bajo invernadero.

Ejemplo de cultivos hortícolas y agricvoltaica

Hoy, décadas después, la escala del fenómeno es completamente distinta. Según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA), recogidos en el informe “Extensión y evolución de los parques fotovoltaicos en España”, la superficie ocupada por instalaciones fotovoltaicas se situaba en 2023 en torno a las 50.000 hectáreas, lo que refleja un crecimiento acumulado del 166% desde 2016, con una previsión según el PNIEC que podría alcanzar las 114.000 hectáreas a 2030 si se ejecutan los proyectos actualmente evaluados.

El avance fotovoltaico y la presión sobre el suelo. Este desarrollo no se distribuye de forma homogénea en el territorio. Castilla-La Mancha y Extremadura concentran cerca de la mitad de esta superficie —con más de 11.000 hectáreas cada una—, consolidándose como los principales focos del despliegue fotovoltaico en España. En muchos casos, este crecimiento se produce sobre suelo agrario. De hecho, entre 2012 y 2022, más del 80% de las nuevas hectáreas destinadas a instalaciones solares procedían de tierras de secano, seguidas por superficies de regadío y, en menor medida, por suelos forestales o no agrarios según datos del Ministerio.

Un contexto que ha intensificado el debate en el sector sobre cómo integrar el desarrollo energético con la actividad agraria sin generar desequilibrios en el territorio.

No fue hace tanto cuando leíamos cómo la plataforma SOS Rural impulsaba una “macrocausa jurídica pionera” en España para frenar el despliegue “desordenado y especulativo” de proyectos fotovoltaicos sobre tierras agrícolas. Un movimiento que buscaba evidenciar hasta qué punto el crecimiento de estas infraestructuras está generando tensiones en determinadas zonas productivas.

Frente a esta visión, desde el sector energético rebajan el impacto sobre el suelo agrario y sitúan el foco en el modelo de implantación. Martín Behar Kölln, director de estudios y medioambiente de UNEF, defiende que existe “un falso mito sobre la competencia entre la fotovoltaica y la agricultura”. Según explica, incluso cumpliendo los objetivos previstos para 2030, la superficie ocupada representaría apenas el 0,5% de la superficie agraria útil, manteniendo disponible la práctica totalidad del suelo para su uso agrícola.

Agrivoltaica: ¿la clave para compatibilizar campo y energía?

En este punto, el uso compartido del suelo empieza a ganar protagonismo dentro del debate. La agrivoltaica, aún en desarrollo, plantea un modelo en el que la producción agraria se mantiene como actividad principal mientras la generación energética actúa como complemento. Desde UNEF destacan que este enfoque permite avanzar hacia una integración más equilibrada, en la que ambas actividades no compiten, sino que pueden llegar a ser complementarias. “La sombra de los paneles puede reducir el estrés térmico de los cultivos, mejorar la eficiencia hídrica y optimizar el rendimiento de la explotación”, apunta Behar.

Más allá de esta idea, estudios apuntan a que el desarrollo de estos sistemas introduce también mejoras en las condiciones de cultivo. La disposición de los paneles puede actuar como barrera frente a episodios extremos —altas temperaturas, granizo o viento—, al tiempo que contribuye a una mejor gestión del agua y a la estabilidad del cultivo en escenarios climáticos cada vez más variables.

Sin embargo, su aplicación no es homogénea, ya que la adaptación de estos sistemas depende en gran medida del tipo de cultivo y de sus necesidades de radiación solar. En hortícolas, donde el equilibrio entre luz y sombra resulta especialmente delicado, el diseño de las instalaciones se convierte en un factor determinante para garantizar que la generación energética no comprometa el desarrollo productivo.

Cabe recordar que el desarrollo de estas soluciones no es reciente, sino el resultado de un proceso de evolución que se ha ido consolidando en las últimas décadas. El periodo comprendido entre mediados de los años 2000 y la década siguiente marcó un punto de inflexión en la implantación de las energías renovables, impulsado tanto por el marco regulatorio como por la fuerte reducción de costes de tecnologías como la fotovoltaica, que llegó a abaratarse más de un 80% en apenas unos años.

Hoy, este proceso se ha consolidado hasta el punto de que resulta difícil entender el sector agroalimentario —y en particular el hortícola— sin el apoyo de estas tecnologías. Desde UNEF destacan que la fotovoltaica se ha convertido en una herramienta clave no solo para mejorar la eficiencia energética, sino también para hacer frente al impacto del cambio climático, que ya provoca pérdidas superiores a los 1.000 millones de euros anuales en el sector agrario español, según el sistema de Seguros Agrarios Combinados.

En este contexto, la agrivoltaica se posiciona como una de las principales vías para compatibilizar la producción agrícola y la generación energética.“ La posibilidad de producir energía en la propia explotación permite al agricultor reducir costes, ganar independencia frente a la volatilidad del mercado y avanzar hacia un modelo más sostenible”, destacan desde UNEF, en línea con los objetivos marcados por la Unión Europea.

La geopolítica internacional sigue marcando el ritmo del sector

Tras los recientes acontecimientos internacionales, desde la guerra en Ucrania hasta las tensiones en torno al cierre del estrecho de Ormuz y el bloqueo del suministro energético, el debate sobre las renovables apunta a un cambio estructural inminente y necesario. Según las aportaciones de la Agencia Internacional de la Energía, cerca del 90% de los nuevos proyectos energéticos en 2024 fueron más competitivos que aquellos basados en combustibles fósiles.

En España, sin embargo, y a pesar de ser una potencia clave en la integración de estas energías, seguimos siendo altamente dependientes de los combustibles fósiles, especialmente en hortícolas por su peso en el sistema productivo y por su dependencia del gasóleo agrícola. Este sigue siendo fundamental para el bombeo de agua y el uso de maquinaria, lo que expone al sector directamente a la inestabilidad geopolítica.


El recientemente aprobado RDL 7/2026 incluye medidas de contención de precios para evitar subidas y posibles interrupciones en la cadena de suministro. Sin embargo, estas ayudas actúan como un alivio temporal.

Por ello, el reto ya no se limita a generar energía limpia, sino a avanzar hacia la electrificación real de las explotaciones.
Porque, en un contexto marcado por la volatilidad internacional, la competitividad del sector hortícola dependerá no solo de cuánto produce, sino de cómo gestiona su energía.

Artículo disponible en la Revista ECA FRUITS. 29.

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