La COP30 se cierra sin hoja de ruta. Sin ambición. Sin un camino claro que seguir. Lo que prometía ser un punto de inflexión en el corazón de la Amazonía ha terminado en una declaración hueca, incapaz de enfrentar ni el colapso climático ni las urgencias sociales que lo rodean. Esta cumbre nacía con promesas de marcar un antes y un después: el fin de los combustibles fósiles, medidas reales contra la deforestación y un Plan de Respuesta Global para cerrar la peligrosa brecha del 1,5 °C. Pero nada de eso ha sucedido.
Por Julia Álvarez García, periodista
Mientras tanto, a nuestro querido campo se le exigen cada día más restricciones ambientales, eliminación ciertos químicos, o la automatización de ciertas prácticas con el fin de mejorar la eficiencia. Y aunque muchos agricultores están dispuestos a adaptarse, la verdad es que los sustitutos sostenibles aún no están a la altura. Y no lo estarán durante meses o incluso años. Seamos realistas: ¿Cómo puede el sector agroalimentario planificar una transición sin apoyo ni orientación?
En esta COP30 esperábamos liderazgo global, consenso, un compromiso firme. Pero lo preocupante no es solo lo que no se ha logrado, sino lo que ha dejado entrever entre líneas: la consolidación de las viejas dinámicas de poder. La ausencia total de implicación de Estados Unidos en materia climática ha sido el gran elefante en la sala. A ello se suma, según un análisis elaborado por Kick Big Polluters Out, la creciente presencia de lobbies petroleros en el corazón mismo de las negociaciones: uno de cada 25 asistentes en la COP30 representaba a la industria fósil.
¿De qué sirve que Europa abra su cartera para luchar contra el cambio climático si quienes más contaminan ni siquiera hacen hueco en su agenda para hablar del tema?
Ello, sumado al negacionismo del cambio climático por parte de su presidente, Donald Trump, y al hecho de que es una de las mayores potencias contaminantes del mundo, representa claramente que, sin su implicación, de poco sirve movilizar a más de 56.000 personas por una causa que ni siquiera aparece en la agenda de quienes más contribuyen al problema. Quizá ha llegado el momento de replantearse si estas cumbres siguen teniendo sentido.
Si bien la eliminación de los combustibles fósiles debía ir de la mano con poner las cartas sobre la mesa y avanzar en la financiación climática, tampoco en este frente ha habido progresos. No se han asumido compromisos claros ni se ha dado impulso para que los fondos lleguen a quienes realmente están sosteniendo la producción de alimentos en condiciones cada vez más extremas. Además, cabe preguntarse,
¿Qué implicaría para la agricultura eliminar los combustibles fósiles?
En el campo, los combustibles fósiles no son un extra, son la base del funcionamiento diario. Eliminarlos sin ofrecer alternativas viables implicaría transformar por completo el modelo productivo: sustituir maquinaria, adaptar explotaciones al uso de energías renovables, asumir costes tecnológicos aún inasumibles y hacerlo, además, en un entorno rural que muchas veces ni siquiera cuenta con acceso estable a electricidad. Todo ello mientras se exigen más resultados, más sostenibilidad y más eficiencia, pero sin financiación ni hoja de ruta. La transición energética no puede recaer sobre quienes menos capacidad tienen para asumirla.
La transición ecológica no puede construirse sobre el abandono silencioso de quienes más la necesitan. Mientras los compromisos para frenar el cambio climático sigan siendo voluntarios, no habrá ni unanimidad ni progreso. Ya no hay vuelta atrás.