La Política Agraria Común que la Comisión Europea propone aplicar entre 2028 y 2034 no constituye una simple revisión del sistema actual. El proyecto modifica la estructura financiera, la forma de distribuir las ayudas y el margen de decisión de los Estados miembros. Para España, uno de los principales perceptores de fondos agrarios de la Unión Europea, el resultado presenta oportunidades, pero también riesgos presupuestarios y territoriales relevantes.
La propuesta todavía no es definitiva. Deberá negociarse entre los Estados miembros y el Parlamento Europeo dentro del próximo Marco Financiero Plurianual. España tendrá que presentar en 2027 su nuevo plan nacional, que será evaluado por la Comisión antes de entrar en vigor, previsiblemente, el 1 de enero de 2028.
El Gobierno español mantiene tres exigencias: conservar, como mínimo, el presupuesto del periodo vigente; preservar la PAC como una política europea diferenciada, con normativa propia; y evitar que las intervenciones sectoriales queden sometidas a decisiones nacionales que puedan generar desigualdades entre países.
La PAC pierde su estructura financiera propia
El principal cambio afecta a la arquitectura del presupuesto. La Comisión propone integrar la PAC en los denominados Planes Nacionales y Regionales de Asociación, que reunirán políticas hasta ahora gestionadas por separado, como agricultura, cohesión, desarrollo territorial, pesca y otras inversiones.
El fondo conjunto estaría dotado con 865.000 millones de euros. Dentro de esa cantidad se reservarían al menos 293.700 millones para las ayudas a la renta de agricultores y ganaderos y 6.300 millones para una nueva red de seguridad destinada a responder ante crisis y perturbaciones de los mercados.
Los Estados dispondrían, además, de otros 453.000 millones para atender sus prioridades nacionales, entre ellas las relacionadas con la agricultura y el medio rural. Sin embargo, estos recursos no estarían reservados íntegramente al campo, sino que tendrían que distribuirse entre diferentes políticas dentro de cada plan nacional.
Esta es una de las principales preocupaciones españolas. En el modelo vigente, las ayudas se canalizan mediante dos fondos agrarios claramente identificados: el Fondo Europeo Agrícola de Garantía, FEAGA, que financia principalmente los pagos directos y las medidas de mercado, y el Fondo Europeo Agrícola de Desarrollo Rural, FEADER.
La propuesta elimina esa separación. Para el Ministerio de Agricultura, este cambio debilita la identidad de la PAC y reduce la certidumbre sobre los recursos que acabarán llegando al sector.
España tiene asignados 47.724 millones de euros de fondos europeos durante el periodo financiero 2021-2027. Esa referencia permite dimensionar la importancia de la negociación, aunque todavía no puede establecerse cuánto recibirá finalmente el país a partir de 2028, porque la asignación definitiva dependerá del acuerdo presupuestario y del contenido del futuro plan nacional. MAPA
Ayudas más concentradas y límite de 100.000 euros
Bruselas quiere sustituir varios de los actuales pagos por una ayuda decreciente vinculada a la superficie. El importe se reduciría conforme aumentase el tamaño de la explotación y se establecería un máximo de 100.000 euros anuales por beneficiario.
Los Estados podrían combinar este pago con cantidades a tanto alzado, complementos específicos o apoyos asociados a determinadas producciones. La prioridad sería dirigir los recursos hacia quienes obtienen de la agricultura su principal medio de vida.
Para las pequeñas explotaciones se contempla un régimen simplificado, con un pago anual de hasta 3.000 euros. También se prevén ayudas reforzadas para jóvenes, nuevos agricultores y mujeres, mediante complementos o pagos específicos.
La orientación puede favorecer a buena parte de la agricultura profesional y familiar española, caracterizada por el peso de las pequeñas y medianas explotaciones. No obstante, su efecto real dependerá de cómo se definan conceptos esenciales, como agricultor profesional, actividad principal, explotación familiar o beneficiario efectivo.
La propuesta introduce, además, un cambio especialmente sensible: a partir de 2032, los pensionistas dejarían de poder percibir la nueva ayuda a la renta basada en la superficie. La Comisión argumenta que esta medida facilitaría el relevo generacional, pero su aplicación podría tener consecuencias relevantes en España, donde existe una elevada edad media entre los titulares y muchas explotaciones mantienen modelos familiares de continuidad progresiva entre generaciones.
Los ecoesquemas se transformarían en un único instrumento
La futura PAC también modificaría la denominada arquitectura verde. Los actuales ecoesquemas y los compromisos agroambientales se integrarían en unas nuevas acciones ambientales y climáticas.
La diferencia no sería únicamente nominal. Estas ayudas podrían funcionar como verdaderos incentivos por los servicios ambientales prestados y no limitarse a compensar los costes adicionales o la pérdida de ingresos soportada por el productor.
Este planteamiento puede beneficiar a las explotaciones españolas si permite diseñar medidas adaptadas a problemas como la escasez de agua, la erosión, la desertificación, la conservación del suelo o la reducción de insumos. También podría corregir parte de la complejidad que ha acompañado a la aplicación de algunos ecoesquemas.
Sin embargo, el resultado dependerá de que las prácticas exigidas sean agronómicamente viables y estén suficientemente remuneradas. La propia Comisión reconoce que la participación de los agricultores requiere incentivos adecuados, reglas claras y medidas adaptadas a las condiciones regionales.
El proyecto prevé que el 43% del gasto de los futuros planes nacionales contribuya a objetivos ambientales y climáticos. También incorpora inversiones en eficiencia, digitalización, asesoramiento y adaptación al cambio climático.
Más flexibilidad, pero riesgo de una PAC desigual
El mayor margen concedido a cada Gobierno permitiría adaptar mejor las ayudas a la diversidad productiva española. Sectores mediterráneos, cultivos permanentes, regadíos, ganadería extensiva o explotaciones situadas en zonas desfavorecidas podrían recibir intervenciones diseñadas según sus necesidades.
Esa misma flexibilidad encierra uno de los principales riesgos: la renacionalización de la PAC. Si cada Estado establece prioridades diferentes dentro de un fondo compartido con otras políticas, los agricultores europeos podrían competir bajo niveles de apoyo distintos.
También aumenta la responsabilidad del Gobierno y de las comunidades autónomas. La distribución de los recursos tendrá que conciliar modelos productivos muy diferentes y evitar que la agricultura compita presupuestariamente con otras necesidades nacionales.
El Ministerio de Agricultura, las comunidades autónomas, las organizaciones profesionales agrarias y las cooperativas han fijado una posición común para reclamar que el presupuesto no disminuya, que la PAC conserve reglamentos y recursos propios y que las medidas sectoriales continúen respondiendo a criterios europeos. El Gobierno considera que los avances alcanzados en la negociación son todavía insuficientes.
¿Beneficio o retroceso para España?
La reforma contiene elementos potencialmente favorables: mayor orientación hacia agricultores profesionales, apoyo reforzado a pequeñas explotaciones, jóvenes y mujeres, un límite a las grandes ayudas, incentivos ambientales más flexibles y una reserva europea para responder a crisis.
Pero estas ventajas no despejan la cuestión decisiva: cuánto dinero estará realmente garantizado para la agricultura española. La integración de la PAC en un fondo más amplio reduce la visibilidad presupuestaria y abre la posibilidad de que agricultura, desarrollo rural y otras políticas compitan por los mismos recursos.
Por tanto, todavía no puede afirmarse que la futura PAC vaya a beneficiar o perjudicar globalmente a España. Su impacto dependerá de tres elementos aún sin cerrar: la dotación final, el grado de protección de los fondos agrarios y el margen que conserve la Unión Europea para asegurar unas condiciones equivalentes entre Estados.
La simplificación puede mejorar la gestión, pero no compensaría por sí sola una reducción de los recursos. Para España, la negociación no solo determinará cuánto cobrarán agricultores y ganaderos desde 2028, sino si la PAC continúa siendo una política común europea o se transforma en una suma de prioridades nacionales con resultados diferentes según cada país.